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sábado, 2 de agosto de 2014

Seppuku

Por Kitsuki Toyoaki
El wakizashi estaba delante de él, sobre la esterilla de bambú. Un breve sentimiento de orgullo lo recorrió cuando vio que, aún siendo humilde, la saya de madera oscura brillaba, pulida y aceitada. Sabía que la hoja de la espada corta también se encontraba en la mejor de las condiciones, afilada y bruñida, como siempre deberían lucir las armas de un samurai. Aquella humilde vaina, y la hoja que alojaba, iban a rendir hoy su último servicio, y lo iban a hacer luciendo el mejor aspecto posible. Toyoaki suspiró levemente. Iba a dejar este mundo pero, al menos, iba a hacerlo con honor. El honor que le había sido negado, pese a todos sus esfuerzos, durante casi toda su vida. Aquello era bueno.


Lo habían declarado culpable del asesinato de su primo Taisuke y de agredir salvajemente a la esposa de éste, junto con las acusaciones de asociación con seres malignos y práctica del Maho, la magia de la sangre. Las pruebas contra él no eran más que circunstanciales, meras conjeturas sobre su vida, sus actividades y el odio y la envidia que podía sentir hacia Kitsuki Taisuke, su primo, por haberse casado con Agasha Emiko, la cual había sido la prometida de Toyoaki hasta el fatal día en que cayó en desgracia ante sus superiores, su clan y su familia. El testimonio del yojimbo de Taisuke, Mirumoto Yoshida, había sido suficiente para que la acusación siguiera adelante. Había sido exonerado de las dos últimas acusaciones, mas no del asesinato, y por ello se le había concedido una salida honorable. El verdugo no tendría trabajo hoy, se iba a despedir del mundo de los vivos por su propia mano.

El cielo lucía gris, pesado, quizá más tarde lloviera. Lo habían vestido de blanco, el color del luto, como requería el seppuku, el suicidio ceremonial con el que los samurais limpiaban su honor. Se encontraba en uno de los jardines superiores de Yasuki Yasiki, el Castillo de la Grulla Negra, lugar donde las Fortunas lo habían enviado, como parte de una misión que había ocupado su vida durante los dos últimos años, y que la había cambiado para siempre. Una sencilla esterilla de bambú iba a servir de altar al sacrificio del samurai. Los testigos estaban dispuestos, grandes señores de Rokugán, tan ilustres samurais que nunca hubiera pensado que pudieran siquiera preocuparse por un tipo como él.

Perdido en estos pensamientos, casi no llegó a escuchar la voz de Ikoma Anakatzu, daimío de la familia Ikoma y portavoz del jurado que lo había condenado:

-¿Quién deseáis que os asista en la ceremonía, Toyoaki-san?

-Quien consideréis en vuestra sabiduría estará más que bien, Anakatzu-dono. No cuento en estos momentos con ningún amigo o aliado que me pueda ayudar en este trance -respondió.

Una voz profunda, resonante como una trompeta, habló entonces:

-Yo os asistiré, si lo deseáis.

El que había hablado era Doji Satsume, daimío del Clan de la Grulla y Campeón Esmeralda. En rigor, dado que Toyoaki era el yoriki de la Magistrada Esmeralda Kitsuki Namie, era su más alto superior. Había formado parte del jurado que lo había condenado y, aunque se había abstenido, era gracias a él que no lo estaban preparando para la hoguera o algo peor. El honor que le hacía a Toyoaki no podía ser más alto.

-Temo no ser digno de tan alto honor -dijo cuando pudo reaccionar- No me atrevería a desear un final mejor, mi señor.

Satsume sonrió a su subordinado y, en la postura de iaijutsu más perfecta que se pueda imaginar, tomó posición a la espalda de Toyoaki, a su izquierda. Ya arrodillado, el reo tomó el wakizashi, e iba a desenvainarlo cuando fue interrumpido por Satsume.

-Es costumbre antigua finalizar los procedimientos judiciales con una historia sobre alguno de los antepasados de los implicados en el proceso -clamó-, para así formar a los oyentes de modo que los hechos juzgados y pasados no vuelvan a repetirse. Querría, en este caso, narrar la historia de Mirumoto Kioshi, honorable samurai del clan del Dragón, muerto por defender a sus amigos de una antigua conspiración que, cual maldición, persigue al Imperio desde tiempo inmemorial.

Con estas palabras comenzó la historia de Kioshi, otro de los primos de Toyoaki, su amigo, su compañero y aquel con el que compartió la carga, y el deshonor, de haber fracasado en su primera misión como parte de las fuerzas de los Magistrados Esmeralda. Ahora sabía que su fracaso no se había debido sólo a su torpeza o precipitación. Alguien les había tendido una trampa para desacreditarlos, para quitarlos de en medio. Ahora no iba a poder demostrarlo, salvo que las Fortunas le fueran favorables esa vez y sus amigos llegaran con la pruebas que lo exoneraran de manera absoluta.

Efectivamente, todo el proceso había sido una farsa. Las pruebas eran inexistentes, y todo se basaba en el testimonio de Yoshida. En un mundo justo se le habría liberado de inmediato, pero en Rokugan la palabra de un samurai del rango del yojimbo era más que suficiente para condenar a un paria como Toyoaki. Su abogado, el ilustre Doji Keran, que había apoyado a Toyoaki y sus amigos en aquella aventura auspiciada por las Fortunas, lo sabía y por eso había hecho todo lo posible por alargar el juicio a la espera de que los otros tres Rayos, como él mismo los había bautizado, llegaran con las pruebas que anularan el testimonio de Yoshida. Parecía que Doji Satsume era de la misma opinión y que trataba de ganar tiempo para Toyoaki.

Ante los ojos del condenado ya no había más que el wakizashi que iba a servir para llevarlo con sus antepasados. Su primo lo recibiría con una botella de sake (si lo hay en el Meido, las estancias del Más Allá), su padre sonreiría en silencio, su abuelo lo reprendería por no andar lo suficientemente erguido. Pero todos estarían orgullosos de él, de lo que había sido, de lo que había hecho y de cómo había abandonado el mundo de los vivos.

Recordó la noche lluviosa en la que auxilió a dos samurais fugitivos y en la que el karma quiso que se viera inmerso en los asuntos de "la Forja de la Espada". Recordó pueblos en llamas y espectros vencidos, batallas terribles y lugares asombrosos. Recordó oscuras cuevas y ardientes estancias en las que había entrado sin vacilar. Recordó enemigos abatidos por su espada y amigos salvados por su pericia. Recordó viajes a pie y en barco, sueños premonitorios y encuentros con seres que parecían salidos de las leyendas de su pueblo. Recordó a Doji Masu, caído en combate contra los piratas, y esperó encontrárselo junto a sus ancestros. Recordó a sus amigos, los otros tres Rayos: Akodo Sayuri, Bayushi Michiko y Kitsu Senichi, y les deseó suerte en su misión. Estaba seguro de que la Espada se forjaría.

Pero sobre todo recordó a Emiko, su amor, su compañera dijeran lo que dijeran los contratos de matrimonio, su mayor dolor y su mayor alegría. No le quedaba más pena que el saber que quien la había agredido, quien había osado ponerle la mano encima, iba a quedar sin castigo. Esperaba poder atormentar a esa bestia desde el Más Allá. Bien sabían las Fortunas que lo haría, si se lo permitían.

La historia de Satsume llegó a su fin. Los testigos, impacientes, querían que aquello acabara cuanto antes. El reo se abrió el kimono blanco dejando a la vista su torso, tomó aire, alzó el wakizashi hasta la altura de sus ojos para que todos lo vieran relucir al desenvainarlo. Por los Kami que estaba bien afilado, un cabello que cayera sobre la hoja se partiría por la mitad. Mirando al jurado que lo había condenado, orgulloso hijo de su familia, de su clan y de su pueblo, empuñó la espada corta y, con la palabra "Emiko" en los labios, apoyó la hoja sobre su abdomen.

-¡Alto! ¡Detengan la ejecución!

Las puertas del jardín se abrieron de golpe y entró Daidoji Aeru, Magistrado Esmeralda, llevando a rastras a un desastrado y macilento Kitsuki Taisuke, la supuesta víctima. Allí estaba la prueba definitiva a favor de Toyoaki. Tras ellos iban Akodo Sayuri, poderosa shugenja, "La Bruja del Mar", perdición de piratas, y su marido Tadasu, fiel amigo en la adversidad. Los acompañaba Bayushi Michiko, ahora Yoritomo Mami, compañera en aquel viaje y cuya amistad Toyoaki valoraba más que el oro, y junto a ella el último de sus camaradas, el sabio hombre santo Kitsu Senichi. Los Cuatro Rayos volvían a estar juntos y nada, ni la justicia del Emperador, burlada por las artimañas del enemigo, había podido desviarlos de su objetivo.

A partir de ahí y durante unos momentos, todo fue confuso. Los guardias de la familia Hida, ajenos a todo aquello, a poco estuvieron de atacar a los recién llegados. Cuando se lo permitieron,Taisuke presentó testimonio contra Yoshida, contra el magistrado esmeralda Shiba Toraku, que había caído en el asalto que había resultado en el rescate del supuesto muerto, y habló de una conspiración que perseguía a su familia desde hacía tiempo, la misma conspiración que había hecho caer en desgracia a Toyoaki y a Kioshi, la misma que llevaban combatiendo, sin saberlo apenas, desde que se embarcaron en la forja de la Espada. El propio Taisuke se declaró culpable, por omisión, de permitir la expansión de la conspiración dentro de su casa y prometió retirarse de la vida pública a un monasterio para expiar sus faltas.

El resto, como es de suponer, fue relativamente fácil. El veredicto fue revocado y Toyoaki ascendido a magistrado por sus méritos, a la vez que se ascendía al cargo de tchui a su mentora, Kitsuki Namie. Los verdaderos culpables, si bien no fueron apresados, quedaron al descubierto.

En un alarde de audacia, Toyoaki pidió a Ikoma Anakatzu que bendijera la inacabada Hoja de la Espada, que sus amigos le traían oculta en la saya de su propia katana, y el daimio accedió gravemente a ello como forma de resarcir al samurai que había condenado a morir injustamente. De esta forma, la parte de la misión kármica que había llevado a los Rayos a la Corte de Invierno quedó cumplida.

Sin embargo ninguno de esos hechos fue tan valorado por Toyoaki como lo que sucedió al amanecer del día siguiente, en el acantilado junto al que se alzaba Yasuki Yasiki. Allí, ya recuperada de sus heridas, Kitsuki Emiko miraba cómo las olas de un mar embravecido lamían las rocas. Estaba sola, envuelta en un pesado manto de color verde, la capucha echada hasta ocultar su rostro, con los puños cerrados, crispados y pegados a los costados y la mirada perdida. Así la encontró Toyoaki.


Había ido en busca de la mujer desde sus nuevas habitaciones, en las dependencias de los magistrados, esperando encontrarla en sus habitaciones del Baluarte. No estaba allí y sus damas de compañía, dos bobaliconas, no supieron dar razón de dónde se hallaba su señora, pues ahora que se había restablecido no se habían preocupado por averiguar dónde iba Emiko tan temprano. Asustado, pues bien sabía que el peligro aún existía, partió en su busca e hizo algo que no había podido hacer nunca: Uso de su rango. Amenazó e incluso gritó a los guardias para que la buscaran. Nadie se atrevió a contradecir al furibundo magistrado. Demasiado reciente estaba el hecho de que no sólo había sido declarado inocente, por unanimidad, en un caso que claramente estaba en su contra, sino que además los señores de Rokugan lo habían recompensado. Las Fortunas parecían amparar sus pasos y era mejor no interponerse.

Al cabo una hora de intensa búsqueda, un pescador que había llegado con su captura diaria, dijo haber visto a una dama en el acantilado al pie de la muralla. Al instante Toyoaki supo que se trataba de Emiko y creyó intuir qué era lo que la había llevado allí. Por ello no permitió que nadie, sino él, fuera en su busca.

-Emiko-sama- dijo en apenas un susurro cuando llegó hasta ella. Sólo los Kami saben lo que le costó no llegar hasta ella corriendo, tomarla en sus brazos y mandar al Jigoku a todos. Ella apenas se giró hacia él cuando respondió, sin dejar de mirar hipnotizada a las rocas.

-Toyoaki-san -dijo- ¿Qué hacéis aquí? ¿No tenéis acaso deberes nuevos, acordes a vuestro rango?

-Aún no se me ha asignado ninguna misión, Emiko-sama -dijo, encogiéndose de hombros-. Alguien debe pensar que necesito un descaso. Os estaba buscando. ¿Qué os ha traído a este malhadado lugar? - Allí mismo había sido asesinado un hombre tres días antes.

-¿No lo sabéis? -respondió amargamente.

-Lo sospecho, pero no lo quiero creer -Por fin, ella separó la mirada de las aguas bravas.

-¿Qué esperáis de mí, Toyoaki? -se retiró la capucha- ¿Qué podéis esperar de mí ahora? ¡Decidme!-Había lágrimas en sus ojos. Aquella fue la primera vez que Toyoaki viera el rostro de su amada tras el ataque sufrido. Yoshida, el verdadero agresor, se había ensañado con ella y ahora ocho cicatrices paralelas, cuatro por mejilla, blanquecinas aún por ser recientes, surcaban su rostro desde las orejas al mentón. Un arrebato de rabia casi hizo gritar a Toyoaki. Ya podía hundirse el Imperio, que él haría pagar al traidor por aquello.

-¿Qué espero, Emiko-sama? -respondió- Espero, por de pronto, que me hagáis el honor de permitirme  acompañaros en un paseo en torno al castillo, y que luego me honréis desayunando en mi mesa. Espero que eso se repita todos los días que aquí nos queden. Espero poder presentaros a los que considero mis amigos, y que son, a su manera, los mejores samurais que esperarse pueda. Espero poder narraros mis aventuras y viajes, para que podáis reír de mis intentos por impresionaros. Espero hacer el viaje de vuelta hasta nuestra tierra con vos, pues tengo previsto volver, después de tanto tiempo, a presentar mis respetos a mis antepasados. Espero que, cuando allí estemos, mi familia entable conversaciones con la vuestra al respecto de nuestra boda. Espero que vos aceptéis la propuesta. Y por último -y alzó la voz para que todos lo oyeran- espero que me améis como yo os amo, porque no hay nada en este mundo, ni hombre ni bestia, ni espectro ni demonio, ni Kami ni Fortuna, ni cicatriz ni herida, que se pueda interponer entre nosotros. Eso es lo que espero.

Y dicho esto la miró a los ojos, con las manos en los pomos de sus espadas a la manera de los Mirumoto, desafiando al mundo, y esperó su respuesta. Ella, más sabia que él después de todo, supo que todo lo que había que decir ya estaba dicho. Lanzó una última mirada al mar y se apartó del acantilado, se acercó a él y, tomándolo del brazo, le hizo caminar a su lado.

Iban a dar un paseo.

Desde lo más alto de la almena más alta del castillo, una venerable anciana de cabellos plateados, los observaba y sonreía.

-Bien hecho, hijos míos. Bien hecho.

viernes, 17 de enero de 2014

La tormenta se aleja

El rudo jinete, con el semblante demudado, agarraba con fuerza su katana curva, presta a salir de su saya. Algo le detenía, una fuerza imparable, que presionaba su cuerpo contra el suelo y que agarrotaba sus músculos: el amor. De no ser así ya habría cortado en dos a la delicada figura que se postraba ante él, con la cabeza en el tatami, suplicando su perdón. Un rayo iluminó la escena, y al poco el trueno despertó a los niños, que lloraban en la alcoba de al lado, el cuarto cuyo acceso cerraba Narumi con su cuerpo.

- Tenéis que entenderlo, Taris-san, mi amor...hemos de irnos...con los niños.

- ¡Que los shaitans te lleven! ¡Intentas confundir mi mente, manchar mi honor!¡ Juré proteger a esa niña, con mi vida!

- ¡Y eso es lo que haréis si hacéis lo que os digo! Aquí corre peligro, lo sé, lo presiento.

- Decidme cuál es ese peligro y lo decapitaré, lo arrastraré por el suelo, le cortaré brazos y piernas...

Un momento de silencio, de tensión. La puerta corredera del cuarto se abrió unos centímetros y una asustada Takara, asomada por ella, contempló la escena, sin que sus cuidadores se dieran cuenta. Dentro, sus primos seguían llorando.

- No es tan fácil...estoy segura de que vendrán a por nosotros, ahora que la fama de los Rayos recorre Rokugán. Todo el mundo sabrá de esta isla y nuestros enemigos no tardarán en encontrarnos...

- Quieres decir tus antiguos amigos, los Escorpión. ¿Sabes lo que hace un Unicornio con un Escorpión? ¡Lo aplasta bajo sus cascos!

- Lo sé...¿eso me incluye a mí?- Narumi se levantó. Si bien no había recuperado aún su estilizada figura después del parto, seguía siendo hermosa y sugerente, su rostro surcado de lágrimas ponía a prueba el Meiyo, el honor de cualquier samurai, su determinación. Acariciando la barba del Shinjo, le susurró algo al oído.- ¿Eso incluye...a Michiko? Pues ella es el mayor peligro para su hija. Aún no lo sabe, yo apenas entiendo bien por qué, pero me ha sido revelado. Debemos huir, donde no nos encuentren ni su madre ni sus enemigos.

El bárbaro samurai notó como el tatuaje de su muñeca, el kanji que trazaba la palabra "Niño" en su piel, le ardía. Sabía, en lo más profundo de su corazón, qué era lo correcto, pero le costaba renunciar a esta vida, que tanto odiaba al principio y a la que se había acostumbrado al final, que había aprendido a amar. Pero al menos estaría con ella, y con los niños...Que los Vientos le perdonaran, quería más a esos niños que a su propio señor casi.

- Está bien, partiremos pero...¿a dónde?

-Conozco un lugar...valdrá, de momento. Sígueme, hemos de recoger todo, rápido.

Narumi, como señora de la casa en ausencia de la verdadera dueña, despachó al servicio, mandándoles a atender al viejo capitán ciego, un amigo de la familia. Renuentes, al final los heimin obedecieron órdenes, pues fueron respaldadas por el salvaje Unicornio, al que todos temían. La pareja prófuga recogió todo lo que pudieron cargar en el caballo gaijin de él, y salieron. Narumi veía como los primeros rayos de sol ya despuntaban entre las nubes de tormenta. Dejó el haiku bajo la almohada de Michiko, sabiendo que él lo encontraría o que ella se lo haría llegar. Y se decidió a emprender una nueva vida, al lado de su fiel samurai de lejanas tierras, otra identidad más, siguiendo la senda de Soshi, siendo una Escorpión, pese a todo.

Al cabo de un par de días Taris se acostumbró de nuevo al vaivén molesto del barco mercante en el que habían conseguido pasaje. Su caballo y sus pertenencias estaban abajo, así como los niños, al cuidado de la anciana madre del capitán. Narumi y él contemplaban el oleaje, en la cubierta, agarrados de la mano pues no les ataban los modales y la etiqueta al uso. Cuando él giró su muñeca para besar la yema de sus dedos vio algo que se le había ocultado hasta ahora, en tantas y tantas noches de pasión y de secretos de cama.

- ¿Desde cuando...? ¿Esto es...?

- Desde hace poco, apenas unos días. Sí, mi amor...parece ser que las Fortunas también tienen planes para mí.

El Unicornio trazó con su dedo índice las líneas del tatuaje que aparecía en la piel blanca y suave de la antaño Soshi Nyoko: el kanji que en todo Rokugán se podía traducir como...Futuro.

jueves, 16 de enero de 2014

La tormenta se acerca

Como la última vez, llegar hasta su destino no era difícil. Lo que resultó arduo y casi imposible fue encontrarlo.
Un barco pesquero, tripulado por marineros heimin duchos en operaciones clandestinas propias de su clan, zarpó de Otosan Uchi unas semanas antes. A bordo iban cuatro hombres y una mujer inexistentes, leyendas para la mayoría de los rokuganíes, pero terribles y sanguinariamente reales.
Se enfrentaron a tormentas invernales, cuya fiereza apenas pudo domeñar el capitán del kobune de innumerables nombres. Aunque casi les manda con Seitengu, la Fortuna del Mar,la furia de Osano Wo les resultó útil, pues apenas se cruzaron con barcos en su travesía. Hasta los experimentados y capaces marinos Mantis se resguardaban de lo peor de los temporales en sus puertos, después de un extenuante año de combates contra los piratas recién descubiertos como León.
Por fin llegaron a su destino, después de dos semanas de singladura. Tras atracar en el muelle a altas horas de la noche, las cinco figuras embozadas se deslizaron por la cubierta y se acercaron buceando hasta la orilla, lejos de miradas indiscretas. Si bien el pueblo estaba en calma, no querían crear alarmas ni sobresaltos. Al frente iba un exhausto Riochi, con su cuerpo al límite por la cantidad de kilómetros recorridos de una punta a la otra del Imperio Esmeralda; su mente estaba aún más cerca del colapso, pues esta vez no buscaba a una familia de herreros con siniestros propósitos: esta vez buscaba a su propia familia.
A través de la maleza y la vegetación avanzaron sigilosamente, con todo el disimulo que solo los suyos podían desplegar. Seguían las indicaciones del más enjuto de ellos, una figura oscura y encorvada que daba escalofríos incluso a los curtidos ninjas. Con un movimiento de cabeza señaló una casa en las estribaciones de la isla, lujosa y en calma.
Las ágiles sombras sortearon la empalizada que rodeaba la casa sin dificultad: apoyándose los unos en los otros y cayendo con gracia felina en la hierba mojada, fueron rodeando la residencia de paredes de madera. Riochi se acercó a Máscara, un mote tan sencillo como enigmático era su dueño; si bien empezaba a sospechar su verdadera identidad, el Bayushi no sería el primero en hacerle partícipe de su intuición. No era propio de un Escorpión revelar información ventajosa sin ganar nada a cambio.

- ¿Seguro que esta es su casa? No quiero despertar a la Mantis en su territorio y ver cómo me arranca la cabeza- la voz de Riochi, entrenada para el sigilo, apenas era audible incluso en la tranquilidad de la noche, quedando ahogada por el suave ulular del viento.

- Esta es la Isla del Cardamomo, hogar del finado capitán Yoritomo Atasuke y de su esposa, la que un día fuera Bayushi Michiko y ahora se hace llamar Yoritomo Mami. Y esta es su casa, así me lo dicen los Kami del viento.

Con la confirmación del sughenja se desencadenó la acción. Riochi desenvainó en silencio el ninja-to, con la kusarigama en la otra mano, con su cadena enrollada alrededor del brazo, se acercó a una de las puertas traseras y, con una leve señal de la cabeza, indicó a sus hombres que actuaran. El que estaba en el techo se acercó al hueco que daba paso al jardín interior, deslizándose al interior de la casa y la ninja-ko, con un susurro apenas, abrió el panel de madera de la entrada del jardín. Rápidos como una sombra bailando en la llama, los tres ninjas se desperdigaron por la casa, buscando las habitaciones ocupadas y sus objetivos: los llamados Rayos, así como la última de la familia de los herreros, la hija, y cualquier objeto que su señor, Bayushi Shoju, pudiera encontrar de interés en esta misteriosa búsqueda.

Al cabo de unos minutos todo había acabado. No hubo ninguna resistencia pues..la casa estaba vacía. El cansancio y la pesadumbre se apoderaron de Riochi, que se desplomó sobre el tatami del que sabíaera el dormitorio de su hermana y su fallecido esposo. Había insistido en liderar esta operación, pues no quería dejar en manos de Korin la vida de su hermana, de su sobrina,y de...ella. Tenía la esperanza de que, si las veía, si las ponía literalmente entre la espada y la pared, las dos mujeres que le habían traicionado, su amor y su sangre, volverían a su lado. Más difícil era ganarse el perdón de su señor, aunque fuera poco dado a buscar suicidios rituales cuando un samurai todavía le podía resultar útil.
Máscara apareció para despejar sus tribulaciones "Debemos irnos. Conviene zarpar antes de que amanezca". Riochi asintió y se levantó, justo cuando una ráfaga de aire, colándose por la puerta abierta por el sughenja, levantó un papel bajo la almohada. El joven samurai lo cogió al vuelo, con unos reflejos sorprendentes. Aunque apenas había luz, adivinó unos trazos que después, a la luz del fanal del kobune, pudo desentrañar. Su tripulación y sus hombres tuvieron que sujetarle para que no se arrojara al mar y tratara de volver a nado a la isla.

Era un sencillo haiku, cuyo elegante trazo y estilo reconoció enseguida...

" Nuestro verano
acabó, como acaba
mi vida sin ti"


Había estado tan cerca de ella...y la había vuelto a perder, esta vez quizá para siempre.

viernes, 18 de octubre de 2013

Sangre para templar la hoja

A esto había quedado reducido el otrora orgulloso y temido ejército de Akodo Katsumoto. De contar con hasta 3000 guerreros, entre samurais y soldados campesinos, de asolar las tierras de los clanes León, Grulla, Escorpión y Cangrejo, de ser el líder ronin más temido de los últimos siglos...a una banda. Hubo un tiempo en que Katsumoto podía nombrar a cientos de sus hombres sin apenas esforzarse; ahora la tarea era mucho más fácil: Kinyeko, Bareka, Anzai, Teruo, Yuri (la única samurai-ko superviviente de sus valientes Matsu)y los hermanos Izo y Ryozo. Siete samurais, y su hijo, Nobutada, era todo lo que le quedaba en su escondite secreto, en el lugar donde su honor languidecía y se agusanaba, al que llamaban de manera trágica La Boca del León.
Oculto entre montañas, siguiendo el cauce de una corriente ya menguada incrustada en la roca, después de vericuetos y quiebros se encontraba el conjunto de cuevas y cavernas en el que Katsumoto había fijado su último campamento. Cuando llegaron aún quedaban cien hombres,apenas una compañía pero suficiente para mantener la llama de la esperanza viva. Mientras le quedara aliento y fuerza intentaría llevar a cabo su misión, su propósito: detener el influjo nocivo que los Grandes Clanes, uno de ellos el que antaño fuera suyo, ejercían sobre el Emperador, haciendo del divino descendiente de Hantei un títere.
Pero las fuerzas ya fallaban, el dolor se extendía por su pecho y el aliento cada vez era más difícil de exhalar, entre toses y sangre. Al menos Nobutada había adquirido también un propósito, una meta, no la loca aventura de su padre que casi acaba con su vida: había extendido una red de ronin por el imperio, en aras de ayudar a unos misteriosos pero bendecidos por las Fortunas samurais en una campaña que, aseguraba su hijo, restauraría la gloria del Emperador y le proporcionaría las armas necesarias para defenderse de sus muchos enemigos.
A su lado, de rodillas junto a su lecho, estaba la amable niña Grulla, Daidoji Nariko. Sus poderes, sus cuidados y sus susurros a los Kami habían mitigado el dolor y mantenido a raya la enfermedad, pero el karma se abría paso y un bushi debe enfrentarse a él con la cabeza alta: Katsumoto sabía que no vería otro día más, no se despertaría de nuevo.
Por eso cuando la sombra y la bruma cayeron en la cueva pensó que sus pasos ya se dirigían hacia Ryoshun y Emma-O, para ver qué reino de las almas le estaba reservado. Solo la sangre de Bareka, salpicada sobre su ropa, le hizo pensar lo contrario.


"Tan fácil, tan extremadamente fácil..." pensaba Korin al ver la obra de sus hombres. "Y, sin embargo, lo que ha costado encontrarles..." Era inaudito que unos antiguos León hubiesen podido esconderse así, de forma impecable. Un año casi le había llevado a sus espías encontrarles, y solo al final y con la ayuda del sughenja ronin llamado Máscara y sus contactos había sido posible. Korin sospechaba la verdad sobre él, a quién servía el enigmático aliado que los Kami o el Jigoku ponía en su camino, pero no le importaba: el trabajo estaba hecho. Solo había perdido a dos hermanos Soshuro, torpes patanes que habían pensado compensar su falta de destreza con las armas con sorpresa, humo y acechanza. Y es que las hojas que un día fueron León nunca quedan destempladas, sus cuerpos estaban ahí para dar fe de ello. Pero las apenas veinte almas que había en la cueva, entre samurais y sirvientes, eran ahora suyas. Un tributo a su señor, por los fallos anteriores.

- Korin, tenemos un problema- el gallardo y nauseabundamente guapo Bayushi le incomodaba en su momento de gloria, de los pocos que un humilde y retorcido enano albino podía tener.
- ¿Y cuál es, mi estimado Riochi-sama?- odiaba ser así de educado, pero compartía el mando de la misión con el bushi y no podía ofenderle, por miedo a incurrir otra vez en la ira de Shoju...no podía...otra vez no...
- Hemos encontrado el hierro, el carbón, los útiles de forja...y al herrero.
- Bueno, ese era nuestro propósito, ¿no es así?
- Muerto, Korin, ¡ está MUERTO! Uno de tus estúpidos embozados le ha atravesado el ojo con uno de sus shurikens, intentando acabar con el samurai que le defendía, nada menos que Katsumoto en persona.
- ¿Ese viejo? Si estaba enfermo y languidecía, según...
- ¿Según quién? Ese diablo amigo tuyo, que nos ha traído aquí envueltos en la más insidiosa sombra...alguna oscuridad está vedada incluso para los Escorpión...

Respondiendo a ese nombre, el enmascarado apareció, casi de la nada, alterando a dos samurais que habían visto muchas cosas en su vida y que eran especialistas en pasar desapercibidos. Era como si Máscara hubiese surgido de la sombra, fuese vomitado por ella, sin estar antes ahí.

- Hemos de irnos...este lugar ha quedado maldito y atraerá miradas que no nos interesa recabar.


Días después, Rina lloraba desconsolada en la cueva. Sabía que en ese montón de cenizas apiladas, entre armas y armaduras a medio derretir, se encontraba su padre. Y Katsumoto, el amable anciano general que les acogió y les defendió. Y Nariko y Nobutada y...
No, ellos no. Ellos no estaban muertos, pues la levantaron y lavaron, la reconfortaron y alimentaron. Le contaron lo que había ocurrido, como Nariko les hizo invisibles a ambos, como asistieron impotentes a la masacre, como Nobutada lloró y sufrió al ver la muerte de sus compañeros sin poder hacer nada y como Nariko tuvo que dormirle con un afortunado hechizo para que no se inmolara contra los siniestros asesinos. Le contaron a Rina las últimas palabras de Tsi-Kun, su padre, al tiempo que le entregaba a la sughenja de la escuela Asahina un lienzo con un objeto rígido y pesado dentro.
"Busca la bendición del León, la salvaguarda de la Garra, la fuerza del Colmillo, al Rey de todos los Rugidos"
Y eso se disponen a hacer. Pues tanta muerte debe ser vengada y la espada debe ser forjada, o el Imperio Esmeralda se derrumbará



viernes, 14 de diciembre de 2012

Diarios de Kitsuki Toyoaki, del Clan del Dragón (III)

Por Kitsuki Toyoaki.


Todos los peregrinos refugiados en el Templo de Ebishu despertamos al alba, incluido el joven guerrero que acompañaba a Hisa. La noche anterior, tras recibir los cuidados de Isawa Sayuri, había caído inconsciente, de modo que nos vimos en la obligación de describirle el final de su compañera. Mantuvo la calma admirablemente y, para sorpresa de todos, se identificó como Nobutada, hijo del general renegado Katsumoto, antaño Akodo, apodado "El Viejo Leon". Mucho tiempo llevaba ya él haciéndole la guerra, según él en defensa del Emperador ,  a todos los clanes y en particular al León y a la Grulla, pues consideraba que usurpaban las atribuciones que sólo la Autoridad Imperial debía ostentar. Parecía ser que , aquella vez, también había involucrado al Cangrejo y que éste le había asestado una contundente derrota. Con todos los clanes ya en su contra no pintaba bien para el Viejo Leon.

Esta revelación resultaba en extremo peligrosa para Nobutada, pues se estaba descubriendo como rebelde y lo que es más importante, hijo del rebelde más importante de Rokugan. Si hubiera sido capturado eso hubiera significado el final de la revuelta de Katsumoto. Sin embargo los que serían mis nuevos compañeros hicieron propia la promesa que yo mismo hiciera a Hisa y no lo delataron. Que no lo hicieramos puede parecer una falta a nuestros deberes para con el Imperio pero es, en mi opinión, la demostración de que ya éramos conscientes de que las circunstancias y de que los hechos no resultaban, ni mucho menos, fortuitos: La reunión de samuráis de cuatro clanes diferentes, la tremenda exhibición de bushido de Hisa, una ronin supuestamente sin honor, los extraños monjes y sus peculiares habilidades,... Todo estos factores, incluida la oportuna tormenta que había impedido que siguiéramos viaje o que pudiéramos buscar otro refugio más cómodo, sumaban tal cúmulo de casualidades que creo que no podíamos dejar de pensar en una voluntad que esperaba algo de nosotros.Y una voluntad capaz de invocar a la tormenta es algo a tener en cuenta siempre.
Personalmente lo que más me intrigaba era qué podía unir los destinos de tan diferentes samuráis. Por un lado los bushis, Doji Masu del clan de la Grulla, alumno destacado de la escuela Kakita, y la samurai-ko Bayushi Michiko, del clan del Escorpión. En clara discordancia con ellos Isawa Sayuri, una joven shugenja que disfrutaba de su primer viaje fuera del territorio del Fénix. Y por último yo, un Kitsuki caído en desgracia, buscando redimirse en el exilio.

El primero era un apuesto samurái, de gran estatura y potente voz. Se mostró en todo momento altivo, seguro de sí mismo, pero a la vez atento y exquisitamente educado. Muy en la línea de los hijos de Doji. No era esto óbice para que, al menos para mí que me había criado entre guerreros, fuera evidente que su seguridad, y también su altivez, ¿por qué no decirlo? provenían de poder sostener sus palabras y hechos con el filo de su su katana en todo momento. Desde el primer momento me trató de igual a igual, y bien saben los Kami que dada mi situación no tenía  ninguna obligación  de ello. Es algo que no olvidaré nunca y que nunca le agradecí lo suficiente.

Fue un gran guerrero, compañero fiel como pocos. Lo extrañamos mucho, y más que lo extrañaremos en días por venir, cuando su certera espada, su valor y su rápido juicio nos sean necesarios. Si en mi mano está luchar para erradicar a los piratas que acabaron con él, tened por seguro que no todos los soldados de la Grulla en esa batalla vestirán el blanco y azul. Pero eso es algo que todavía está por ver. Ahora me veo en la obligación de limitarme a relatar cómo nos vimos embarcados en esta aventura.

Con respecto a Bayushi Michiko he de decir que, para mi vergüenza, me dejé llevar por los prejuicios que sobre este clan abundan y me costó bastante más dar mi confianza a la misteriosa samurai-ko. A día de hoy con gusto me dejaría matar por ella y por su hija, la encantadora Takara, pero no adelantemos acontecimientos. Sólo decir que la primera impresión que me dio Michiko fue la que dan casi siempre los miembros de su clan: sigilosos, amigos de misterios y secretos, poco dignos de confianza y en general traicioneros y peligrosos. Se mantuvo en un discreto segundo plano en todo momento, sin embargo, sí que prestó su apoyo cuando enfrentamos a los Cangrejo.

Bushi de maneras suaves, de una belleza por la que muchos matarían (y a fé mía que lo hacen), su capacidad para entrar y salir sin ser vista fue lo que, en principio, me puso en guardia contra ella. Por mi entrenamiento estoy predispuesto a desconfiar de todos aquellos que no suelan usar la puerta principal, aún en el caso de que yo mismo utilice de esos subterfugios para conseguir mis objetivos. Espero que estas líneas sirvan de disculpa. No siempre hemos de creer en lo primero que se nos muestra.

Como contrapunto a esos dos graves guerreros estaba la alegre Isawa Sayuri, Shugenja del clan del Fénix. Ella sabrá perdonarme si digo que me pareció, al principio, algo atolondrada y fuera de lugar, con su  flamante kimono amarillo y naranja y su expresión de perpetua sorpresa ante todo. Bien es verdad que en su descargo hemos de decir que se trataba de la primera vez que salía del territorio de su Clan y que ni siquiera allí había viajado mucho. Esta impresión se reforzó durante la noche, sobre todo cuando el monje gordo se puso a tocar. En cuanto empezó la música se quedó obnubilada, totalmente fuera de la realidad.

De nuevo mi juicio me falló al juzgar a la joven shugenja. Durante nuestros viajes ha dado muestras constantes de que es un ejemplo a seguir por todos los seguidores del bushido, sean guerreros o  no, sobre todo en lo referente a las virtudes de la caridad, el honor y el valor. Y si a veces es un poco bisoña, he acabado por considerar eso más una virtud que un defecto que, además, no merma en nada su capacidad. En pocas palabras, no podría estar narrando nuestras aventuras de no haber contado con ella y su mano certera con los Kami. En los mares del sur de Rokugan ya se empieza a hablar de las hazañas de la "Furia Roja", que hunde barcos pirata y controla tempestades a voluntad.

Estos son mis compañeros, los que más adelante, junto conmigo mismo, serán bautizados como "Los Cuatro Rayos".Puede parecer que divago, que me pierdo en descripciones, pero es que considero de vital importancia que aquellos que nos sigan sepan cómo éramos en vida y por qué fuimos elegidos para esta misión.Quizá ello responda a alguna de las preguntas que se planteen.

En cuanto a mí, no hay gran cosa que pueda decir sin que parezca vacuo. Soy un humilde samurái del Clan del Dragón, de la familia Kitsuki, alumno de esa misma escuela. Por azares del destino, reconozco que aderezados de graves errores de juicio por mi parte, me vi condenado al ostracismo por mi propia familia, que no ha dudado en recordármelo cada vez que ha podido. Perdí de una sola vez, posición, honor y a mi prometida, no me vi obligado al seppuku por la buena voluntad de mi maestra, aunque no puedo dejar de pensar que quizá no me lo permitiera por dudar de mi capacidad para realizar dicho ritual honorablemente. Esta misión, esta aventura, es la única forma de restaurar mi honor y y posición. Y estoy dispuesto a hacerlo en esta vida o en el más allá.

Volvamos pues a la historia. Estábamos en el Templo de Ebishu, en la Aldea de la Muralla sobre el Océano. Habíamos pasado allí la noche y, ya todos levantados, nos disponíamos a buscar el desayuno. En ese mismo instante entraron en el Templo dos heimin, dos humildes campesinos, claramente a mis ojos  padre e hija, y se postraron ante la efigie de Ebishu que presidía la capilla. Junto a ellos entraron dos samuráis, una shugenja  del clan Asahina y un guerrero Daidoji. En contra de toda costumbre, parecía que los samuráis cedían el paso, que escoltaban, a los campesinos mientras estos rezaban.

¿Cómo explicar lo que nos ocurrió a continuación? ¿Cómo evitar que penséis que estoy loco o, peor, que soy un hereje o un traidor al Imperio Esmeralda? La verdad es que no sé cómo hacerlo. Solo sé que debo intentarlo.

Hubo un momento en que todo se detuvo. Un instante en el que estábamos allí, y no estábamos. Un eterno parpadeo en el soñamos sabiendo que estábamos despiertos y en el que teníamos perfecta consciencia de que lo que veíamos era real. No sólo real, sino nuestro destino. Nuestra obligación más allá de las exigencias del Imperio actual, de las obligaciones para con nnuestros clanes y familias, nuestros deseos de fama, gloria y honor.

"¡DEFENDED AL LEON!" Escuché. Se trataba de una voz que no era sonido, que era sólida y material, que golpeba con su mensaje cada átomo de mi ser. Una voz que era muchas voces: voces del aire, el agua, la tierra y el fuego, del mar y la montaña, voces de tormenta y de calma, de los árboles, las rocas y las bestias salvajes todas, de hombres y mujeres, de niños y ancianos. "¡DEFENDED AL LEON!"

Me vi formando parte de un círculo, en cuyo centro se hallaba un leon negro, joven y desafiante, fuerte pero aún no lo suficiente para afrontar los muchos peligros que lo amenzaban. Doji Masu, Isawa Sajuri y Bayushi Michiko eran los únicas figuras del círculo defensivo a los que podía distinguir bien. Los cuatro parecíamos enfrentar peligros diferentes. En mi caso, se trataba de una gran nube negra, informe y opresiva, que amenazaba con sofocar a su presa. Enfrentaba el peligro con la katana y el  wakizashi desenvainadas ambas,  en posición nitten. Cargaba contra la nube y esta parecía retroceder, para en seguida tratar de rodear al leon desde otro ángulo. Se trataba de una lucha infructuosa, frustrante, además de extraña porque la postura nitten pertenece a la escuela Mirumoto, de la que no tengo la fortuna de haber recibido enseñanzas, y sin embargo en el sueño parecía controlar perfectamente.

Un instante después la visión cambio para mostrarnos una herrería, oscura y calurosa, en la que trabajaba incansable un herrero. Ese herrero era unas veces el heimin que acabábamos de ver entrar en la capilla, otras su hija. Asistíamos, despues de un tiempo que pareció eterno, a la culminación de una espada, las más hermosa katana que yo haya visto jamás, la cual emitía una luz tal que ahuyentaba la nube de sombra que asfixiaba al leon.

Con esa visión volvimos todos a la realidad, aún sabiendo en el fondo de nuestros corazones que lo que habíamos visto era tan real como el arroz que acabábamos de tomar con el desayuno. Estábamos todos parados de pie, mirándonos los unos a los otros, conscientes de que todos los presentes habíamos ido a parar al mismo sitio, que de alguna manera estábamos intrínsecamente ligados. Una preciosa voz, leve como el canto de un ruiseñor, nos sacó de nuestro anodadamiento:

-Me alegra encrontrarlos aquí, en este lugar santo.-dijo- Creo que lo necesitamos ahora es aire fresco. Aire fresco y una explicación.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Diarios de Kitsuki Toyoaki, del Clan del Dragón (II)

Por Kitsuki Toyoaki

Los soldados del Clan del Cangrejo comenzaron la búsqueda de los fugitivos. No hacía falta preguntar quién era la presa, la actitud de la samurái-ko, inquieta y sombría, lo delataba. Afortunadamente para el herido le habíamos despojado de su armadura, de manera que sólo hizo falta disimular el daisho, del que no se separaba, para que pasara por un pescador herido. Sin embargo esto no fue lo que le salvó, una inspección más a fondo hubiera resultado fatal para el muchacho. Fue su guardiana, por nombre Hisa, antaño Akodo, la que salvó al joven. A costa de su vida.

Y es que, demostrando un valor que muchos samuráis envidiarían, la ronin salió al encuentro de sus perseguidores. A punto estuvieron de lanzarse sobre ella todos a la vez, y ella lo hubiera deseado así de no haber ido acompañada, pero una pelea hubiera puesto en peligro al muchacho. Consciente de ello, se entregó a los guerreros del Clan del Cangrejo. Fue rodeada, desarmada y ya la iban a ejecutar cuando salí al paso. Me sorprendió que Bayushi Michiko y Doji Masu intervinieran apoyándome, aunque creo que lo hicieron por molestar a los cangrejo más que por salvar a la desgraciada Hisa. Sin embargo, todos nuestros esfuerzos fueron en vano. A pesar de que indiqué a los mandos del batallón, una Kaiu llamada Tomoeko y un Yasuki que no tuvo a bien presentarse, que la prisionera se encontraba bajo mi protección y que para llevar a acabo la ejecución que pretendían era necesaria la aquiescencia del gobernador de la aldea, Doji Keran, los documentos que autorizaban la captura lo permitían, así que se dispusieron a ajusticiar a la prisionera.

La propia Hisa, por propia petición, cometió seppuku. Tuvo para ello la asistencia de Kaiu Tomoeko, y lo hizo de una manera tan impecable que todos quedamos sobrecogidos. Un instante antes de ejecutar la sentencia, había sido capaz de pedirme ayuda para con su compañero, o al menos así lo supuse. En cuanto entendió que no sólo no iba a entregar a su protegido, sino que lo ayudaría hasta que se sirviera por sí mismo, pudo entregarse al suicidio ritual con toda la calma que da el deber cumplido. Quieran las Fortunas que, cuando me toque afrontar mi final, lo haga con la misma valentía que ella. Me agrada pensar que, en parte gracias a mi promesa de ayudar a Nobutada, Hisa abandonó este mundo tan honorablemente que seguro que todas sus faltas fueron perdonadas y Akodo la recibió con regocijo entre los suyos.

Aquella noche, por otro lado, quisieron las Fortunas que fuera Kaiu Tomoeko la líder de la expedición de captura. Digo esto porque nunca me he quitado de la cabeza que ella sabía de la presencia de Nobutada en el Templo de Ebishu y que por alguna razón, quizá lo sobrecogedor del final de Hisa, no quiso seguir con la búsqueda. Está claro que su compañero Yasuki hubiera buscado debajo de cada piedra, para perdición del joven Nobutada. Gracias a los Kami por ello, pues ha demostrado ser un agradecido bienhechor para nuestra  misión.

Prácticamente sin cruzar una palabra más, mientras las tropas del Cangrejo se retiraban llevándose los restos de Hisa, nos retiramos de nuevo al Templo de Ebishú, con la intención de descansar en los lechos preparados por los monjes. Monjes que, por cierto, habían desaparecido como si se los hubiera tragado la tierra, cosa que no me extrañó porque no hacía más que confirmar mi impresión de que no eran monjes normales. Si es que acaso fueran monjes. Es por eso que no he pasado a describirlos hasta ahora, siendo como son parte importante de estos primeros episodios de nuestras aventuras, porque necesitan una mención especial aparte.

Que pudiéramos ver, había tres monjes de guardia en ese momento, aunque sólo uno parecía dedicarse a trabajar, y lo hacía de manera extraordinaria, he de decir. Se trataba de un robusto ejemplar, más daba la impresión de ser un pescador que de ser un monje ordenado. Trabajaba sin descanso, cargando grandes peroles llenos de agua, hirvientes ollas de sopa o los jergones y tatamis, sin que pareciera fatigarse. Entraba y salía sin parar un momento, siempre sonriente y cruzando pocas palabras con los peregrinos, indiferente a la lluvia que arreciaba fuera. Había algo raro en el hacendoso monje y no fue hasta más adelante que me di cuenta de que, a pesar de no parar de llover en todo momento, de todas sus salidas volvía perfectamente seco.

Los otros dos monjes no eran menos extraños. Uno de ellos, tremendamente gordo, de gesto risueño y cabeza rasurada, no paraba en insistir en tocar la biwa , y los demás no le dejaban, por lo visto. Cuando Isawa Sayuri, practicante de ese arte, se interesó por el monje este encontró la excusa perfecta para deleitarnos con el concierto más fabuloso que hayan escuchado mis oídos. Sin embargo, tenían razón sus compañeros monjes en no dejar que se entusiasmara, dado que al cabo de un rato la belleza de la música resultaba extrañamente abrumadora, inhumana.

El tercero en discordia no parecía mas que un pobre viejo perdido en las nieblas de la vejez, sentado delante un tablero de shogi, farfullando y tratando de atraer la atención de los peregrinos. Cuando Doji Masu se interesó por el juego, el viejo lo retó a una partida. Masu, buscando agradar al viejo, aceptó mas no pensaba que se iba a enfrentar a una derrota como no había sufrido desde los días en que le enseñaron los rudimentos del juego. Fue fulminantemente derrotado, de una forma brillante y completamente inesperada.

En esa extraña compañía nos retiramos a dormir, tras una jornada larga y extenuante. No se extrañen si digo que todos dormimos como hacía meses que no lo hacíamos. Y falta que nos iba a hacer.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Diarios de Kitsuki Toyoaki, del Clan del Dragón.

Por Kitsuki Toyoaki

Yo, Kitsuki Toyoaki,samurái del Clan del Dragón, yoriki de la muy honorable Magistrada Esmeralda Kitsuki Namie, desde este tranquilo enclave de la Isla del Cardamomo dejo constancia de mis andanzas del último año en el presente escrito para que, si algo nos pasara y nadie quedara para contar nuestra historia, los elegidos por las Fortunas que nos sigan puedan servirse de nuestra experiencia.
Si hasta ahora no he hecho nada por registrar nuestra aventura ha sido, dejando la falta de tiempo aparte, por cierto sentimiento de invulnerabilidad. Si la propias Fortunas nos habían elegido para cumplir con una misión de vital importancia para el Imperio, pensaba, no iban a dejar que los azares de la vida del samurái nos apartaran de nuestro destino.  No podía estar más equivocado, como de costumbre.

La muerte de mi querido primo Kioshi ya debiera haberme servido de adveretencia. Si él, siendo como era un poderoso guerrero Mirumoto, la más importante escuela de bushis de Rokugan, cayó ante las malas artes de nuestros enemigos, yo que no soy más que un humilde investigador, de la gran familia Kitsuki el menos hábil, bien que me puedo perder fácilmente en los avatares del camino.  Sin embargo no podía sino sentirme relativamente a salvo, al menos en lo que respecta al cumplimiento de la misión, pues en ella me acompañan guerreros de renombre y poderosos hechiceros que triunfarían allí donde yo fracasara.

La gloriosa caída de mi compañero de armas, Doji Masu, me ha hecho reflexionar, sin embargo. Habilidoso bushi en cuya presencia no se avergonzarían ni la misma Doji, madre de su familia, ni el propio Kakita, fundador de su escuela, ha caído en combate contra los enemigos de su familia y su Clan. No era esa la misión que las Fortunas nos habían encomendado, sin embargo él, siempre cumplidor para con su deber y para con su honor, enfrentó a los que tanto daño están haciendo en estos momentos y se perdió para el mundo, que no para la gloria. Ahora se sienta con sus antepasados y lo puede hacer con orgullo, espero que tenga a bien interceder por aquellos a los que ha dejado atrás.

Ha de servir este hecho como recordatorio de que los avatares del destino se pueden interponer en nuestra misión y que es nuestro deber facilitar la tarea de los que nos sigan, en el caso de que nosotros no lleguemos a ver culminados nuestros esfuerzos con la victoria contra los enemigos de Rokugan.

Para que esto se cumpla, este diario quedará bajo la custodia de los samuráis del Clan de la Mantis. El honorable capitán Yoritomo Atasuke será el depositario de esta memoria de viaje, y se encargará personalmente de hacerlos llegar a la Capilla de Ebishu sita en la Aldea de la Muralla sobre el Océano. Allí comenzó todo y, si la muerte nos reclama, bien puede ser que sea el punto de partida para nuestros sucesores. Si son ellos los que leen estas líneas, id con mi bendición y que los Kami os guarden. Mucho es lo que hay en juego, no lo olvidéis.

Como ya dije, nuestro primer contacto tuvo lugar en la Aldea de la Muralla sobre el Océano. Sin embargo, para cuando eso ocurrió, todos nosotros ya llevábamos muchas leguas recorridas en pos de diferentes objetivos. No soy yo quién para descubrir los destinos de mis compañeros, ese es su derecho y si desean mantener el secreto no seré yo quien traicione su confianza, pero sí que soy dueño de descubrir el porqué de mi presencia, cansado y empapado, en la Capilla de Ebishu, en aquella lluviosa noche.

Mi misión era sencilla, o al menos así lo había parecido en el momento de la partida desde las montañas del Dragón. Mi maestra, Kitsuki Namie, me había encomendado dar con el paradero de mi primo Kioshi, bushi de la familia Mirumoto. El bueno de Kioshi había sido mi mano derecha en el caso que nos había hecho caer en desgracia.Se suponía que la misión que se le había encomendado serviría para restituír su posición dentro del clan. Hacía varios meses que había desaparecido en las tierras de la Grulla y ahora se me encomendaba dar con él o al menos aportar alguna pista sobre su paradero. Me pareció que, si bien era una tarea menor, podía resultar el primer paso para recomponer mi honor perdido.Si no podía recuperar posición, prometida y honor, al menos podría demostrarle al Clan el error cometido al condenarme al ostracismo.
El viaje fue largo, tedioso y bastante duro, pero sin incidentes de gravedad hasta mi llegada a la Aldea de la Muralla sobre el Océano. Llovía como si los Kami quisieran ahogar al mundo y Osano-Wo golpeara tierra y mar con su tetsubo de trueno como si fuera un tambor. Me disponía a entrar en la Aldea cuando quisieron las Fortunas que uno de los rayos de la tormenta iluminara a otros dos viajeros que parecían encontrarse en dificultades. Se trataba de un joven guerrero, gravemente herido en la pierna y la cadera derecha, que se apoyaba en su compañera, una samurai-ko más veterana. A duras penas pudo ésta reprimir su orgullo para solicitar mi ayuda. Se trataba de dos ronin que, a todas luces, huían de un mal encuentro. No resultaba probable que aquellos dos fueran otra cosa que fugitivos de la justicia pero, a pesar de mi condición de servidor de la Ley, nunca he dejado de atender a alguien necesitado, costara lo que costase. Esta vez no iba a ser diferente. Tras hacer un primer vendaje en la tremenda herida que sufría el joven ronin, entre su compañera y yo arrastramos al maltrecho guerrero al cobijo de la capilla de Ebishu, que parecía ser la única que nos podría acoger en aquella noche fría.

Allí nos encontramos con que no éramos los único viajeros que se habían visto obligados a pernoctar en la capilla. Tras acomodar al herido como mejor pudimos pude pararme a observar a los otros ocupantes del santo lugar. Todos eran samuráis, todos de clanes diferentes. Allí que conocí al llorado Doji Masu, el más hábil de los alumnos de Kakita y el más digno de los hijos de Doji. Junto con él se encontraban una shugenja Isawa, que como bien sabrán pertenecen al del clan del Fénix, llamada Sayuri y una esquiva samurai-ko, pertenenciente a los temibles Bayushi, familia del clan del Escorpión, por nombre Michiko. Desde esa noche nuestros destinos se han ligado y no pudieron las Fortunas proporcionarme mejores compañeros en mi viaje. En su noble compañía no puedo sino sentirme como si fuera unos de los Truenos.

Muy solícitamente Isawa Sayuri se prestó a ayudarnos en los cuidados del joven herido.Mientras los otros dos samurais, he de reconocer que de forma más
adecuada a su condición, no prestaron demasiada atención a los fugitivos. De esta manera, entre los cuidados mágicos prestados por la hábil mujer santa y los que humildemente pude proporcionar yo (una de las materias que se imparten en la ilustre escuela Kistsuki, a la que pertenezco, es la medicina y, modestia aparte, es uno de mis puntos fuertes) estabilizamos al herido a pesar del tremendo golpe de tetsubo que había recibido en la parte alta de la pierna. 

Gracias a la hospitalidad de los monjes que atendían la capilla, a los que describiré más adelante, pudimos cenar y calentarnos y ya nos disponíamos a dormir cuando el ruido de una numerosa comitiva a caballo nos desveló. Se trataba de los perseguidores de los dos ronin, una poderosa hueste de guerreros del Cangrejo. Los dos fugitivos no tenían escapatoria. (CONTINUARÁ)